Eva

Hans Jonas

Hans JonasReligião Gnóstica
Eva e Serpente
Nos hemos encontrado ya (págs. 103, 119) con la interpretación gnóstica del sueño de Adán en el Edén, que implica una concepción muy ortodoxa del autor de este sueño y del jardín en el que tiene lugar. El Apócrifo de Juan, recientemente publicado, desentraña esta extensa revisión del Génesis en lo que aparenta ser una revelación del Señor a Juan, el discípulo. Respecto al jardín:

El primer arconte (Yaldabaot) trajo a Adán (creado por los arcontes) y lo ubicó en el paraíso que dijo ser una «delicia» para él: es decir, intentó engañarle. Porque su delicia (la de los arcontes) es amarga y su belleza es injusta. Su delicia es engaño y su árbol era hostilidad. Su fruto es veneno contra el cual no hay cura, y su promesa es la muerte de él (de Adán). Y, sin embargo, su árbol fue plantado como «árbol de la vida»: desvelaré para ti el misterio de su «vida»… es su Falso Espíritu el que ellos originaron para apartarle, para evitar que conociera su perfección. (55:18-56:17 Till)

Respecto al sueño:

No «le hizo dormir», como dijo Moisés, sino que cubrió su percepción con un velo y embotó sus sentidos… mientras se decía a sí mismo a través del profeta (Is 6:10): «Entorpeceré los oídos de sus corazones, de forma que no entiendan ni puedan ver». (58:16-59:5)

La visión gnóstica de la serpiente y del papel que juega al inducir a Eva a que coma del árbol se expresa también por medio de un mismo juego de oposiciones. La narración bíblica ejerció una fuerte atracción sobre los gnósticos por más de un motivo, entre los cuales es importante destacar la mención que ésta hace del «conocimiento». Teniendo en cuenta que es la serpiente la que convence a Adán y a Eva de que prueben el fruto del conocimiento y, por tanto, de que desobedezcan a su Creador, todo un grupo de sistemas representó el principio «pneumático» como una forma de frustrar los designios del Demiurgo, convirtiendo así a la serpiente en un símbolo de los poderes de la redención, de igual forma que el Dios bíblico se había degradado hasta verse convertido en un símbolo de la opresión cósmica. Más de una secta gnóstica derivó su nombre del culto a la serpiente («ofitas», del griego óphis; «naasenos», del hebreo nahas; recibiendo el grupo en su conjunto el nombre de «ofítico»). Esta posición de la serpiente está basada en una atrevida alegorización del texto bíblico. Esta es la versión encontrada en el sumario ofítico de Ireneo (1.30.7): intentando contrarrestar la actividad demiurgica de su hijo apostático Yaldabaot, la Madre transmundana, Sophía Prunikós, envía a la serpiente a «seducir a Adán y a Eva, y a hacer que incumplan la orden de Yaldabaot». El plan tiene éxito, ambos comen del árbol «del cual Dios (es decir, el Demiurgo) les había prohibido comer. Sin embargo, una vez hubieron comido, conocieron el poder que viene de fuera y se alejaron de sus creadores». Se trata del primer éxito del principio trascendente frente al principio del mundo, el cual está interesado en impedir que el hombre adquiera conocimiento y se convierta en el huésped intramundano de la Luz: el acto de la serpiente determina el comienzo de la gnosis en la tierra, la cual, por medio de su origen, se convierte en una forma de oposición al mundo y a su Dios, y, sin duda, en una forma de rebelión.

Con profunda coherencia, los peratas no titubean a la hora de ver al Jesús histórico como a una encarnación de la «serpiente universal», es decir, de la serpiente del paraíso entendida como un principio (ver más adelante). En el Apócrifo de Juan barbelognóstico (no ofítico), esta identificación, que resulta casi inevitable en el curso de su argumento, apenas si consigue ser esquivada por medio de un juego de diferenciación entre el «árbol de la vida» y el «árbol del conocimiento del bien y del mal»: sin duda, Cristo obliga al hombre a comer de este último, contraviniendo la orden del arconte, mientras la serpiente, que representa al primer árbol y se identifica con Yaldabaot, conserva su tradicional papel de corruptora (papel que adopta de forma no demasiado convincente, como respuesta a la pregunta lanzada por un discípulo perplejo: «Cristo, ¿no fue la serpiente quien enseñó a Eva?»). Así, habiendo evitado la fusión de las figuras, parte de la función de la serpiente pasa a Cristo. Por otro lado, los valentinianos, a pesar de no involucrar a Jesús en la escena del Paraíso, trazaron un paralelismo alegórico entre éste y el fruto del árbol: al estar adherido a un «madero», se «convirtió en un Fruto del Conocimiento del Padre, el cual, sin embargo, no envió a la perdición a aquellos que comieron de él» (EvV 18:25-s.). Que la negación pretenda simplemente crear un contraste entre el acontecimiento nuevo y el antiguo (a la manera de san Pablo) o rectificar el relato del Génesis es algo que no determinaremos en este ejemplo; si bien ése sería el caso más frecuente y natural de la práctica gnóstica (cf. el repetido y brusco «no como Moisés dijo» del Apócrifo de Juan).

En tiempos de Mani (siglo III), la interpretación gnóstica de la historia del Paraíso y la relación de Jesús con la misma, se había establecido de tal forma que éste podía colocar a Jesús en el lugar de la serpiente sin necesidad de mencionarla: «(a Adán) lo levantó y le hizo comer del árbol de la vida». Lo que una vez había constituido una alegoría conscientemente atrevida se había convertido en un mito independiente que podía ser utilizado sin referirse al modelo original (quizá, incluso, sin recordar el modelo original); y probablemente sea en esta etapa cuando se olvide la génesis revolucionaria del motivo. Todo esto sirve para explicar cómo, a diferencia de la alegoría de los estoicos o de la literatura sincrética en general, la alegoría gnóstica genera en sí misma una nueva mitología y es el vehículo revolucionario en el que se apoya su emergencia frente a una tradición arraigada; siendo su pretensión subvertir esta última, el principio de esta alegoría será por tanto la paradoja y la incongruencia.

Paul Nothomb